Objetivos ambiciosos a la sombra de unas expectativas incumplidas
El pilar central del nuevo plan quinquenal es el compromiso de reducir la intensidad de carbono del PIB en un 17 % para 2030. Aunque esta cifra parece ambiciosa a primera vista, llega tras un periodo en el que China no logró cumplir su objetivo anterior. Según datos proporcionados por Reuters, la reducción real entre 2021 y 2025 alcanzó un nivel del 12 %, por debajo del 18 % previsto. A raíz de ello, se ha fijado un objetivo parcial para 2026 de una reducción de la intensidad del 3,8 %, lo que refleja en gran medida un esfuerzo por acelerar de inmediato los procesos. Sin embargo, la realidad económica actual sugiere una cierta paradoja. Dado el ritmo de crecimiento económico previsto, incluso si se cumplen los nuevos objetivos, las emisiones totales podrían aumentar entre un 3 % y un 6 % durante el próximo quinquenio. Esta evolución choca, por tanto, con los límites del Acuerdo de París sobre el Clima, en virtud del cual China tendría que reducir la intensidad hasta en un 23 % como parte de los compromisos globales. No obstante, Pekín insiste en su plan de alcanzar el pico global de emisiones de carbono para 2030.
Pragmatismo en materia de carbón
En el ámbito de los combustibles fósiles, China está optando por una vía de flexibilización gradual en lugar de una restricción radical. El plan prevé alcanzar el pico de consumo de carbón y petróleo en los próximos cinco años, con la ambición de sustituir 30 millones de toneladas de carbón al año por fuentes limpias. Sin embargo, un detalle notable es la ausencia de límites generales al consumo de carbón, lo que sugiere que, en tiempos de incertidumbre energética, el carbón sigue siendo una salvaguarda estratégica para Pekín. Un cambio fundamental en la estructura de gestión es la transición a un nuevo sistema denominado «control dual». Esta política desplaza esencialmente el foco de la regulación del ámbito nacional directamente al de sectores industriales específicos, empresas y proyectos individuales. La prioridad es la eliminación gradual de las centrales térmicas de carbón obsoletas y la modernización del sistema energético. Para las empresas que operan en el mercado chino, esto supondrá la necesidad de invertir en tecnologías de modernización y mejorar la eficiencia de la producción.
Energías renovables
Si hay un ámbito en el que China realmente destaca, es en la expansión masiva de la energía eólica y solar. El nuevo plan prevé aumentar la capacidad hasta la asombrosa cifra de 3.600 GW para 2035, lo que representa seis veces el nivel de 2020. Ya en 2025 se registraron los primeros resultados positivos, cuando las emisiones de CO₂ en sectores como la metalurgia, la energía y el transporte se redujeron en un 0,3 %. China confirma así su posición como el mayor productor mundial de energía verde, al tiempo que introduce un sistema de cuotas obligatorias para su consumo. Desde el punto de vista de la inversión, los mayores retos, y al mismo tiempo oportunidades, se están desplazando hacia la flexibilidad de la red y la integración de las fuentes renovables. La creciente demanda de energía, impulsada por un sólido sector industrial, exige la descarbonización incluso en sectores en los que es difícil reducir las emisiones. Para los inversores, esto abre la puerta a las tecnologías de almacenamiento de energía y a las redes inteligentes, que son directamente esenciales para gestionar la variabilidad de la producción eólica y solar a una escala tan masiva.
Perspectiva estratégica
El plan climático para 2026-2030 define claramente a China como un actor pragmático que no eliminará progresivamente los combustibles fósiles antes de contar con una alternativa suficientemente sólida y estable. Aunque la ausencia de compromisos para reducir gradualmente el carbón puede suscitar inquietudes entre los ecologistas, para los mercados es una señal de estabilidad. El futuro del sector energético chino se está volviendo, por tanto, cada vez más verde, pero el camino hacia él pasa por una sofisticada regulación de las emisiones a nivel de los participantes individuales en el mercado. Para los inversores, esto supone un periodo de grandes proyectos de infraestructura, en el que la modernización de la red energética desempeñará un papel tan importante como la propia producción de energía limpia.
[1] Las declaraciones prospectivas se basan en supuestos y expectativas actuales que pueden ser inexactos, o en el entorno económico actual, que puede cambiar. Dichas declaraciones no constituyen una garantía de resultados futuros.
[1] Las declaraciones prospectivas se basan en hipótesis y expectativas actuales que pueden ser inexactas, o en el entorno económico actual, que puede cambiar. Dichas declaraciones no constituyen una garantía de resultados futuros. Implican riesgos y otras incertidumbres que son difíciles de predecir. Los resultados pueden diferir sustancialmente de los expresados o implícitos en cualquier declaración prospectiva.